A menudo me preguntan qué es lo que separa a un emprendedor de una persona normal, lo cual no es una pregunta fácil ni de respuesta corta. Existen tantos factores y variables que nos diferencian de la gente que sí tiene trabajo remunerado, que no es suficiente una viñeta para retratarlo.

Se pueden mencionar factores como el estar dispuestos a renunciar a eso que llaman salario o quincena, tener estómago de hierro para afrontar las deudas, cara de tabla para pedirle tiempo a los proveedores que de por sí te están trabajando prácticamente gratis, la falta total de horarios y muchas veces hasta de oficinas o al menos un lugar donde sentarse a trabajar, la ausencia de seguros médicos y esa sensación continua de estar a la buena de Dios, tentando la suerte, rezando para que ni siquiera se nos fracture un dedo, so pena de tener que entablillarlo en casa con dos paletas de helado y cinta engomada, porque quién tiene tiempo (o dinero) para ir a un hospital.

De todos estos factores hay uno en particular que me gustaría destacar hoy: el olfato emprendedor. Un buen emprendedor está siempre a la caza y acecho de buenas oportunidades. Allí donde los demás ven un problema, el buen emprendedor ve la necesidad de una solución a ese problema. Allí donde otros ven una crisis, el emprendedor nato es capaz de oler el dinero que brotará a borbotones del suelo, si sabe dónde rascarle.

El buen emprendedor no se queja de la estafa de consulta sobre el Nuevo Aeropuerto de la Ciudad de México, ni ve fantasmas de viejos partidos (PRI/PAN) en las nuevas prácticas de la 4ta Transformación. Ni siquiera se detiene a mirar la “lógica” financiera detrás de la decisión de cancelar un moderno aeropuerto de primer mundo, ya a medio construir, pagando todas las penalizaciones que sean necesarias, para acondicionar aeropuertos que no dan para más, construidos hace décadas, y que quedan mucho más lejos de una ciudad de por sí caótica por su tráfico.

No, no y no. El nativo emprendedor es capaz de ver más allá y comprender que donde quiera que hay un problema, la gente necesitará resolverlo. Si el problema es que será carísimo llegar al nuevo aeropuerto en Uber, el emprendedor lee entre líneas que habrá más dinero circulando para trasladarse al aeropuerto. Si el problema es que la gente perderá su avión porque le tomará 4 horas llegar al aeropuerto, el buen emprendedor ve allí la posibilidad de brindar un servicio más rápido que garantice que el usuario llegará a tiempo.

Así que, mientras todo el mundo piensa en tierra y agua y el mugrero que se hace cuando se mezclan, un buen emprendedor es capaz de levantar su mirada al cielo, romper paradigmas y una que otra madre, lanzar un servicio de taxicópteros y gritarle a todo gañote al mercado: ¡LLEGA VOLANDO A TU VUELO!

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